Brutalidad legítima: George Floyd y Javier Ordonez.

La arbitrariedad en los procesos policiales es situación cotidiana alrededor del globo. Es preciso no restringir el fenómeno a la institucionalidad policial, pues, las distintas ramas del poder público han demostrado ser, de igual manera, ejemplo contrario a una democracia; sépase, el presidente de Filipinas y el indulto a un infante marine estadounidense por el homicidio de una persona trans.

A pesar de lo anterior, llama la atención cómo se ha normalizado un uso indiscriminado de la autoridad. Dos acontecimientos recientes en ambos países: Estados Unidos y Colombia, George Floyd es asesinado el 25 de mayo del 2020, tras ser asfixiado por agentes policiales en medio de un procedimiento, Javier Ordoñez es asesinado el 7 de septiembre tras recibir múltiples cargas eléctricas y distintos golpes por parte de agentes policiales; ambas situaciones procuraron una respuesta natural: la frustración de un pueblo agobiado manifestadas en protestas.

Aunque se comenta que el móvil en el asesinato de George Floyd, fue una clara muestra del racismo que permea aún la sociedad norteamericana, podríamos equiparar en símil las situaciones en tanto que fenómeno político. George Floyd y Javier Ordoñez son víctimas de una institución gestada a partir de finales de siglo XIX en Inglaterra, la cual fue inspirada, según Michel Foucault, bajo máximas paramilitares; la policía, al menos en estos dos casos, se aleja de ese trabajo ideal de ayuda a la ciudadanía al oprimir con su autoridad. ¿Qué se hace con la continuidad de una institución históricamente sucia? ¿Cómo se maneja la autoridad en relación al adoctrinamiento? Imposible conocer respuestas exactas.

I can’t breathe, y por favor, no más, fueron de las últimas palabras registradas por ambas víctimas. El silencio que lo sucede a este hecho parece no retumbar en la consciencia de sus asesinos, el panorama es complejo: el pueblo se alza a la expectativa de un cambio; la situación en Estados Unidos parece no haber generado un cambio sustancial en la estructura policial, sin embargo, visibilizó la voz de un movimiento; black lives matter. Colombia despierta, y en Bogotá se incineran varias edificaciones de la Policía Nacional, mueren más de 9 personas a causa de disparos y demás abusos durante las manifestaciones, y aunque la única voz de aliento sea la promesa de estructura a la Policía, por parte de quien los juega como fichas durante las manifestaciones, Colombia pide cambio.